jueves, 22 de marzo de 2018

Los amaneceres de Cassini

París, 21 de marzo de 1684. Había llegado a Francia pasados los 40, y probablemente se acordaba de las cálidas noches de observación en su Italia natal mientras se dirige a disfrutar del frío parisino realizando otra de ellas en plena calle. La hoja a sucio en la que anotó sus intuiciones ha vuelto a quedarse sobre el escritorio. Tirará de memoria, como tantas otras veces. Algo parecido le ocurrió cuando percibió la estructura dividida de los los anillos de Saturno en 1675, cuando no hacía un lustro aún de que el rey Luis XIV de Francia le nombrara director del Observatorio de París y le hiciera miembro de la Academia de las Ciencias. El mismísimo Rey Sol le tuvo en tan alta estima. Aquella noche sería una de esas grandes noches. Una más en la oficina. Dibujó el cuadrante de cielo que observaría en otro papel, de memoria, y después agarraría el telescopio para dirigirlo hacia esa zona de la noche parisina. Se sumergería una vez más en los océanos espaciales de Saturno, el intranquilo padre que devoraba a sus hijos al ser advertido de que uno de ellos le destronaría.

El protagonista de la historia ficticia que estoy narrando es Giovanni Domenico Cassini, también conocido como Jean Dominique Cassini después de adquirir la nacionalidad francesa en 1673.

El telescopio no dejaba lugar a dudas. Su dilatadísima experiencia le confirmaba que esos dos cuerpos que tenía en mente, y que acaba de re-enfocar durante esa observación, no eran cometas. El frío empezaba a ser contrarrestado por la sensación de saber que algo nuevo estaba a punto de transportarle al mar de calidez en el que flota la euforia. Contemporáneo de Newton, y conocedor -en la misma medida que detractor- de las aportaciones astronómicas de Kepler, Cassini seguramente sublimaría en momentos como ese.

Los dos cuerpos de los que constató su naturaleza eran Tetis y Dione. Un par de nuevos satélites a añadir en la lista del gigante anillado. Cassini ya había aportado otro: Japeto (1671) y Rea (1672), a los que llamó Sidera Lodoicea (Las estrellas de Luis) en honor del Rey Sol, además del ya mencionado vacío en la estructura de los anillos -que hoy lleva su nombre-. También llevaron su nombre la saga de “Cassinis” que dedicaron sus días a la observación del cosmos, o mejor dicho sus noches. Su hijo, su nieto y su biznieto consiguieron logros no tan notorios, pero sí importantes. La misión espacial que llevó su nombre hasta septiembre de 2017 nos deleitó con aproximadamente 400.000 imágenes del sistema de Saturno y los puntos relevantes por los que pasó hasta llegar a él. Este vídeo «A farewell to Cassini» con un montón de ellas es obra de Nahúm Méndez Chazarra (@nchazarra en Twitter) como homenaje a la misión y proyectado en el evento de divulgación científica de habla hispana más importante del mundo: el Naukas de 2017, que se celebra en Bilbao a mediados de septiembre, y que casualmente coincidió con el día en el que la sonda finalizaba su vida útil y era estrellada contra la atmósfera de Saturno en un final memorable en el que desapareció al ser sumergida en la vasta inmensidad, muriendo “en servicio”.  


Tetis, descubierto por Giovanni aquella noche, es el quinto satélite de Saturno. Tiene 1060 km de diámetro y se encuentra a unos 300.000 km del centro del planeta. Su mayor cráter, Oddyseus, tiene un diámetro de 400 km. Entre sus fallas, la más larga es Ithaca, con unos 100 km de ancho y 2000 km de longitud. En la mitología griega, se la consideraba la Diosa de las Aguas y era esposa y hermana de Océano. Madre de oceánidas (dioses fluviales) y oceánides (ninfas marinas). Cuatro ellos y tres mil ellas. Sin embargo, es una de esas deidades anteriores a los registros históricos, por lo que poco sabemos de ella, más allá de que participó en la guerra contra los Titanes, en la que alzó a su hija Rea, sin existir culto alguno constatado.


Su otro descubrimiento, Dione, es un cuerpo de tamaño parecido a Tetis. Posee una gran cantidad de hielo bajo el cuál haya probablemente rocas de silicio o materiales más densos. La superficie helada de Dione incluye regiones de alta y moderada craterización, además de llanos ligeramente craterizados y áreas de fracturas tectónicas. Heridas de guerra como las que presentaba Afrodita cuando su madre, Dione, la acompañaba y cuidaba tras una batalla por defender a un hijo, todo ello según la Ilíada de Homero. Hija de Urano y Gea y hermana de la propia Tetis.



La misión Cassini-Huygens constató que tanto Tetis como Dione expulsan partículas al espacio, por lo que es evidente una actividad geológica. Una actividad como la que tuvo en vida el gran astrónomo Cassini, que abandonó la astrología por propia voluntad para comenzar a gestar la historia de Saturno, Júpiter y sus lunas. Solo podemos darle las gracias por ello. 

domingo, 4 de marzo de 2018

«¿Apolo IX?¿No querrás decir Apolo XI?»


A lo largo y ancho del globo terráqueo, por alguna extraña razón, la gente tan sólo conoce la expedición número 11 de la misión Apolo de la NASA. Si preguntas “¿Cuántas veces fue el ser humano a la Luna?” la respuesta variará entre “una”, si reconocen que así lo hizo el Apolo 11, o “ninguna” si son negacionistas. La Apolo 11 fue la que llegó a la Luna, por mucho que incluso algunos de los que sólo conocen esa expedición del programa lo nieguen, y no sé si realmente esos no se lo creen porque en realidad piensan que de repente, un buen día de verano de 1969, los EEUU decidieron lanzar un cohete a ver hasta dónde llegaba y tuvieron la potra de que se encontraron con la Luna en su viaje. Visto así, entiendo que haya millones de escépticos por el mundo, la verdad. Por eso soy de los que piensa que hay que dar la mayor visibilidad posible al programa Apolo al completo. Desde los previos no tripulados y el dramático Apolo 1 hasta el fabuloso Apolo 17. En alguna ocasión he hablado en el blog sobre otras de las expediciones (véanse el Apolo 8 y el 13), y en mi perfil de twitter @HdAnchiano he subido infinidad de vídeos o imágenes sobre otras, por no decir todas. Esta vez voy a dedicar una entrada al Apolo 9, por el mero hecho de que fue lanzado un día 3 de marzo (de 1969). 

Como he comentado antes, puede que algunos piensen que los yankees se tirarán un largo y pusieran un cohete con tres personas a bordo de camino a la Luna en verano de 1969. Pues bien, que quede claro que NO FUE ASÍ. Detrás de aquel impresionante viaje del Apolo 11 había 400.000 personas colaborando de una u otra forma para que todo el programa Apolo tuviera las mayores garantías posibles en la época para ser un éxito. Dentro de todas esas personas se encontraba un nutrido grupo de astronautas cuyos nombres mucha gente se sabe de carrerilla como la tabla del 3. Hombres intrépidos, con un puntito de temerarios… pero no eran idiotas. También eran patriotas, claro. En eso da igual EEUU que la URSS. El amor a la patria era denominador común, ciertamente. Disciplina militar que les hacía capaces de tomar decisiones que hombres “de la calle” no podrían tomar. Hoy, por suerte -creo-, ha cambiado algo el cuento porque hay mucha más tecnología que intereses políticos de por medio.


Como decía, el Apolo 9, lanzado un 3 de marzo, fue el encargado de probar el módulo lunar. Era la tercera misión tripulada, después del fatídico accidente del Apolo 1 y la exitosa “excursión” a la cara oculta de la Luna del Apolo 8. En esta ocasión, el comandante James A. McDivitt, David R. Scott y Russell L. Schweickart fueron al espacio para un par de cosillas sin importancia: una era comprobar el correcto funcionamiento del habitáculo que debía depositar a los astronautas en nuestro satélite y la otra, casi nada, realizar un paseo espacial para ver si el traje que llevarían a la Luna era eficaz. Sí, los soviéticos ya habían hecho actividades extravehiculares, pero esa es otra historia.

En relación a ese último objetivo, Schweickart salió de la nave y permaneció 37 minutos “ahí fuera”. Los trajes eran equipos autónomos con propiedades tales como resistir desde -150ºC a 130ºC, impactos de micrometeoritos, también tenía que poder hablar con sus compañeros allí en el cielo como en la Tierra por radio y lo que no llegó a testar, garantizar 3h de soporte vital.

Otra de las tareas era realizar un ensamblaje en el espacio entre el módulo de mando Gumdrop y el módulo lunar Spider. Algo que era necesario comprobar porque si se bajaba a la superficie de la Luna y se volvía a subir, a ver quién era el guapo que lo hacía si fuera la primera vez. Por eso, protocolo de actuación en mano, el Spider se soltó y se alejo hasta 160 km. del Gumdrop para volver y realizar la maniobra. Hicieron todas esas pruebas en 10 días, después de 151 órbitas a la Tierra y 241 horas de vuelo. Todo un éxito que sentó las bases para que posteriormente los Apolo 11, 12, 14, 15, 16 y 17 pudieran realizar sus misiones en la Luna.


Quizá lo que les falte a muchos de los negacionistas sea cultura espacial sobre todas las apasionantes misiones, tanto de los EEUU como de la URSS o la ESA, que no se parecen en nada a las películas que probablemente hayan visto en el cine -por cierto, plagadas de gazapos científicos en su mayoría-. Una dura pelea que me atrevo a afrontar con quién sea, capaz de tener la amplitud de miras suficientes para admitir la realidad de los hechos y dejar así de decir estupideces sobre el famoso estudio de Stanley Kubrick, etc, etc, etc…