domingo, 11 de febrero de 2018

Once niñas


Hoy, 11 de febrero, se celebra el día la Mujer y la Niña en la ciencia. Así, de primeras, puede parecer un poco sesgado, pero mi pasotismo para con las etiquetas es tal que he decidido sacar lo positivo del tema, sin entrar a valorar otra cosa que no sea el verdadero motivo de la NECESARIA efeméride. Soy de los que dice que habremos llegado a buen puerto cuando no haya que celebrar “Días de”. 

A menudo nos conocemos los logros de personas eminentes, de puro oírlos cientos de veces. No importa su sexo, raza o religión, porque lo que trasciende es otra cosa. Podemos hablar de esos logros… que siempre habrá una opinión discordante que saque a colación esos "sexo, raza o religión", el ser humano es así, y en Twitter todavía más. Esto aplica incluso al feminismo más radical, a que Elon Musk haya mandado su coche al espacio, o a que la gala más feminista de los Goya la hayan presentado dos chicos. Siempre hay gente enfadada. Pero lo de hoy es otra cosa. O al menos debe serlo.

Para el tema de hoy, he pensado en hacer algo que no sé si se ha hecho alguna vez. Si alguien lo ha hecho, enhorabuena. Si no, ser el primero no me hace mejor. Al contrario, me parecería mal serlo. Es probable que todas las personas que lean esto sepan de quién estoy hablando sin llegar al final del primer párrafo, pero bueno, that´s life… Lo que os propongo es averiguar qué científica se esconde detrás de cada fragmento antes de ir al final del post a ver las soluciones. He pensado en hacerlo así de neutro para que veáis que dan igual las durísimas condiciones de vida de la infancia de -hoy- ILUSTRÍSIMAS mujeres  o la erudita formación recibida en alta cuna. Dan igual. La realidad de cada niña es que con el paso del tiempo y la formación suficiente -con o sin hombres de por medio- fueron capaces de deducir, descubrir, argumentar o mostrar cosas que los hombres no habían podido. Incluso peor, algunos de ellos se apuntaron el tanto que ellas habían marcado, aprovechándose de la posición social que desde tiempo inmemorables el hombre tiene con respecto a la mujer. Sin más dilación, vamos allá. Estas son las historias de algunas de las niñas que nos abrieron los ojos. Sólo sus infancias. He elegido a 11 por la idea de @11febreroES de poner el límite en algún sitio. (Gracias por la sugerencia).

Año 1670. Nació en Leipzig (Alemania), y el pensamiento de su -influyente- padre (ministro luterano) sobre la igualdad la hizo ser educada en las artes y las letras. Desde muy pronto se interesó por la astronomía, y de joven le permitieron ser estudiante y ayudante de un astrónomo autodidacta que trabajaba por el día como granjero. La astronomía en el siglo XVII alemán se realizaba fuera del ámbito universitario.

Año 1706. Nació como la única hija de seis hermanos en París. Fue la única mujer entre seis hermanos, de los que solo otros tres sobrevivieron hasta la edad adulta. Su padre era barón, con «b» y presentaba embajadores de todo el mundo a su rey, Luis XIV. Un hombre culto, en contacto con filósofos, científicos y matemáticos, decidió dar a su hija la misma educación que a sus cinco hermanos. Con 10 años había devorado ya algún clásico y estadiado matemáticas y metafísica. A los 12 hablaba inglés, italiano y alemán, y traducía textos del latín y el griego. Su educación fue exquisita a pesar de no haber ido a colegios o universidades para hombres. Además, tocaba el clavecín y recibió clases de esgrima, equitación y gimnasia… territorios todos ellos -casi- vetados para las mujeres. Sin embargo, su pasión era la matemática.

Año 1750. Nació en Hanover. Era el octavo nacimiento y la cuarta hija. Su padre era oboísta; se convirtió en director de orquesta de la Guardia y estuvo fuera con su regimiento durante períodos sustanciales. Enfermó después de la Batalla de Dettingen en 1743 y nunca se recuperó por completo. Solo una de sus hermanas sobrevivió junto con ella, pero se casó cuando ella tenía cinco años, lo que hace suponer que a la menor se le encomendaron la mayor parte de los trabajos domésticos. Ella y los otros niños recibieron una educación superficial, aprendieron a leer y escribir y poco más. Su padre intentó educarla en casa, pero sus esfuerzos fueron en su mayoría exitosos con los niños. A los 10 años, fue golpeada por el tifus, lo que impidió su crecimiento, eso le frenaría su desarrollo normal. Además, sufrió pérdida de visión en su ojo izquierdo como resultado de su ello. Su familia asumió que nunca se casaría y su madre sintió que era mejor para ella prepararse para ser una criada en lugar de educarse, oponiéndose a los deseos de su padre. Su padre a veces aprovechaba la ausencia de su madre para enseñarle directamente o incluirla en las lecciones de su hermano, como el violín. Se le permitió, eso sí, aprender a hacer vestidos, pero poco… Veréis por qué: aunque aprendió a hacer bordados de un vecino, sus esfuerzos se vieron obstaculizados por largas horas de tareas domésticas. Para evitar que se convirtiera en institutriz y obtener su independencia de esa manera, se le prohibió aprender técnicas de costura francesas o más avanzadas que las que podía obtener de los vecinos. Después de la muerte de su padre, dos de sus hermanos le propusieron que se uniera a ellos en Inglaterra para tener un período de prueba como cantante para las actuaciones de la iglesia de uno de ellos. Finalmente dejó Hanover el 16 de agosto de 1772 después de la intervención de su hermano con su estricta madre. En el viaje a Inglaterra, se introdujo por primera vez a la astronomía a través de las constelaciones y las tiendas de ópticos. Asumió las responsabilidades de administrar la casa de su hermano y también comenzó a aprender canto. Aprendió a tocar el clavicémbalo, y eventualmente se convirtió en una parte integral en las actuaciones musicales de su hermano en pequeñas reuniones. No se mezcló con la sociedad local e hizo pocos amigos, pero tomó lecciones regulares de canto, inglés y aritmética de su hermano, y lecciones de baile de un maestro local.

Año 1815. Nació en Londres, y un año después su madre la separó para siempre de su padre, nada más y nada menos que el poeta Lord Byron, mientras este dormía. Se instalaron en Seaham, Durham. La criatura era famosa en la sociedad británica como, por ejemplo, la hija de Isabel Preysler: por culpa de que su padre fuera famoso… e infiel. Su madre quería darle una educación exquisita y no le dejaba juntarse con niños, así que su niñez la pasó con adultos… o sola. Con sólo 4 años ya tenía institutrices. A los 8 años daba música a las 10 a.m., leía francés a las 11.15 a.m., aritmética a las 11.30, a las 13.30h hacía ejercicios, a las 15.15 leía francés otra vez y las 16.30 acababa con tareas de francés. Fue criada en el sistema “recompensa-castigo” y enfocada a las matemáticas que tanto gustaban a su madre. Conoció a Mary Somerville, que acabaría convirtiéndose en una gran influencia. También conoció a personajes de la talla de Michael Faraday o Charles Dickens. Tuvo mala salud, sufrió muchas de las infecciones infantiles y le dolía la cabeza frecuentemente. A los siete años contrajo una enfermedad grave, que la mantuvo postrada durante meses. Y a los catorce quedó paralítica de las piernas debido a un sarampión, lo cual hizo que dedicara largas horas al estudio y a la lectura.

Año 1850. Nace en Moscú, pero pasa su infancia en Palibino (Bielorrusia). Amaba desde niña la lectura y la poesía porque se sentía poeta en su interior. Además de su hermana, dos de sus tíos influyeron notablemente en su vida. Uno de ellos, un auténtico amante de la lectura, que aunque no era matemático, le apasionaba esta ciencia; su otro tío le enseñaba ciencias y biología. A menudo se sentaba en un banco del patio para ver oscilar con el oleaje provocado por el viento una pelota sobre un estanque, quedándose sumergida en sus pensamientos matemáticos. Bajo la guía del tutor de su familia, Y. I. Malevich, comenzó sus primeros estudios reales de matemáticas. A los trece años empezó a mostrar muy buenas cualidades para el álgebra. Por esa época escribió: «Comencé a sentir una atracción tan intensa por las matemáticas, que empecé a descuidar mis otros estudios». Pero su padre, a quien le horrorizaban las mujeres sabias, decidió interrumpir las clases de matemáticas de su hija. Aun así ella siguió estudiando por su cuenta con libros de álgebra. Pidió prestado un ejemplar del Álgebra de Bourdeu que leía por la noche cuando el resto de la familia dormía. Así, aquello que nunca había estudiado lo fue deduciendo poco a poco. Un año más tarde, un vecino, el profesor Tyrtov, presentó a su familia un libro del que él era autor y ella trató de leerlo. No entendió las fórmulas trigonométricas e intentó explicárselas a sí misma. A partir de los conocimientos que ya tenía, explicó y analizó por sí misma lo que era el concepto de seno tal y como había sido inventado originalmente. Un profesor descubrió sus facultades, y habló con su padre para recomendarle que facilitara los estudios a su hija. Al cabo de varios años su padre accedió y así comenzó a tomar clases particulares.

Año 1867. Nace en Varsovia la quinta hija de Władysław, profesor de Física y Matemáticas, y de Bronisława, maestra, pianista y cantante. Sus padres habían perdido todo por motivos políticos, por lo que tuvo una infancia dura. Su hermana y ella acudieron clandestinamente a clases para no perder esa identidad polaca, con Polonia convirtiéndose a la fuerza en parte de Rusia. Fue esa opresión rusa la que acabó con Marie y sus hermanos aprendiendo a utilizar en su casa los aparatos e instrumentos de laboratorio que su padre retiró de los dos institutos en los que impartía clases. Después de eso fue degradado, reduciendo la cantidad de dinero que llevar a casa. Una -otra- mala inversión les hizo perder lo poco que les quedaba y se vieron obligados a usar su hogar como alojamiento nocturno de niños. A los diez años perdió a su madre de tuberculosis y a una hermana, por contagio de tifus de uno de esos niños. También perdió la fe en Dios después de eso. Internada en un instituto para niñas se graduó en 1883 con matrícula de honor, pero al año siguiente, probablemente deprimida, fue enviada a la campiña con unos parientes. Como era mujer, no pudo matricularse en una educación superior reglada. Ingresó con otra hermana en una universidad clandestina…

Año 1878. Una familia judía que posteriormente se convertiría al cristianismo tiene una nueva unidad. Hacía poco que el Kaiser Franz Josef había concedido a los judíos la igualdad cívica con los austríacos y por eso su padre pudo estudiar y ejercer la abogacía. Esa situación, en aquella época, permitió que sus hijos pudieran elegir estudiar y continuar con esa profesión. Sin embargo, ella terminó la escuela pública a los 14 años y no podía cursar estudios universitarios… por ley. No hace tanto, ¿eh?. Tuvieron que cambiar esa ley para que hubiese suficiente personal sanitario que pudiera atender a las mujeres musulmanas de las zonas ocupadas de Bosnia y Herzegovina. Ahora ya sí que pudo estudiar una carrera de ciencias, y fue una de las cuatro personas que aprobaron el Matura (nuestra Selectividad).

Año 1882. Nace en el seno de una familia judía, siendo la primogénita de los cuatro hermanos. Su primer nombre era Amalie, por su padre y abuela materna, pero comenzó a usar su segundo nombre al convertirse en una jovencita. Durante su infancia, era corta de vista y hablaba con un leve sigmatismo, pero para nada era corta de mente: un amigo de la familia contó una anécdota años más tarde sobre la pequeña, en la que resolvió con rapidez un acertijo en una fiesta infantil, apuntando ya su capacidad para la lógica a temprana edad. Le enseñaron a cocinar y limpiar - como se acostumbraba con las jóvenes de su época, y recibió lecciones de piano, sin aplicarse con excesiva pasión a ninguna estas actividades, aunque le gustaba bailar.

Año 1920. Nace en 500 Chepstow Villas, Notting Hill. Hija mayor de un acaudalado banquero mercante catedrático, y con un tío-abuelo que había sido ministro de interior y el primer judío practicante en el Gabinete Británico. Luchó por los trabajadores y también por el sufragio femenino. Esa posición permitió a su familia asesorar a los judíos refugiados en Europa que escapaban de los nazis. Desde pequeña, con unos seis años, demostró tener habilidades por encima de la media. Su tía le dijo a su esposo que era «inteligente de manera alarmante» porque sumaba perfectamente. En la Escuela Lindores para señoritas donde ingresó con 9 años destacó en ciencias, latín y, también, deportes. Aprendió alemán y francés. En 1938 se matriculó, y consiguió una beca para la universidad, la Beca de Fin de Estudios (School Leaving Exhibition), de 30 libras esterlinas al año durante tres años, cinco libras esterlinas de parte de su abuelo. Su padre le pidió que cediera la beca a un estudiante refugiado que lo mereciera.

Año 1928. Nace en Filadelfia en el seno de una familia de inmigrantes judíos y se mudaron a Washington D. C. cuando ella tenía unos 10 años. Fue por esa época que empezó a mostrar interés por la astronomia. Su padre, Philip Cooper, fue un ingeniero eléctrico lituano y su madre, Rose Applebaum, originaria de Besarabia, trabajó para la Bell Telephone Company calculando el millaje para líneas telefónicas. Tenía una hermana mayor, quien fue jueza administrativa en el Departamento de Defensa de los Estados Unidos.

Año 1943. Nace en Belfast (Irlanda del Norte). Con un padre arquitecto -de un planetario, entre otras cosas- que la animó a leer lo que él tenía en su biblioteca particular, ella se interesó por los libros de astronomía. Con 11 años no aprobó el examen 11+ y sus padres la mandaron a la Mount School en York (UK), un centro cuáquero para chicas. Acabó en las universidades de Glasgow y Cambridge.

Todas ellas fueron niñas antes de dar el paso a la madurez y contribuir enormemente a la Humanidad con sus actividades dentro del mundo científico. De más alta o más baja cuna, aportaron lo que pudieron a la causa de la Ciencia en diversísimos ámbitos. Para los hombres es un auténtico lujo poder contar con millones de almas más que estudien, divaguen, analicen, divulguen, acepten o rechacen hipótesis y no podemos permitirnos no aprovecharlo.

Las niñas tienen que saber que contamos con ellas por muchas razones, y la primera de ellas es porque todas son, al menos, como los hombres. Lamentablemente, hoy en día hay quien cree que no es así, no es culpa suya. Es culpa de los siglos y siglos de desatención al sexo femenino, enfocado todo desde la perspectiva de la fuerza física y social.

Vidas duras en muchos casos y no tanto en otros, pero con un denominador común: interés por la Ciencia en casa. Porque los niños y las niñas hacen lo que ven en casa, salvo algunas excepciones. No dejéis de llevarles a museos, excursiones a la Naturaleza, introducirles a la lectura y, en definitiva, no permitáis que el único momento de sus semanas en los que estén en un entorno de ciencia sea exclusivamente dentro de las paredes de sus colegios. Este consejo sirve también para los niños. La sociedad avanza en la medida en la que sus pequeños son educados fuera de los miedos que otros ámbitos introducen como mantras desde dioses que castigan, pseudociencias como horóscopos, TV basura… sacándoles de la carretera del pensamiento crítico. Un lujo que no nos podemos permitir.

En este post, y por orden cronológico, os he contado lo que he podido encontrar sobre cómo fueron las infancias de María Margarethe Winkelmann, Émilie du Châtelet, Caroline Herschel, Ada Lovelace, Sofia Kovalévskaya, Marie Curie, Lise Meitner, Emmy Noether, Rosalind Franklin, Vera Rubin y Jocelyn Bell.

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