miércoles, 7 de septiembre de 2016

Rosetta y Philae, el reencuentro.

Justicia interestelar. Escepticismo aparte, podríamos pensar en ella. Coincidiendo con la efeméride del 5 de septiembre de 1.977 cuando el cohete Saturn V “disparó” la sonda Voyager 1 hasta el infinito más cercano, la sonda de la misión Rosetta daba pasado día 4 un último alegrón a los científicos del centro de control de la ESA. Entre las imágenes captadas desde la cámara OSIRIS de la nave, se puede ver la pequeña Philae en el lugar exacto en el que acabó sobreviviendo a los dos rebotes sobre la superficie del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko el 12 de noviembre de 2.014.

Lanzamiento de la sonda Voyager 1 [Foto: pica-about-space.com]
Es una manera increíblemente poética de terminar la misión, dado lo perentorio del momento. En los últimos coletazos. La Rosetta fue cumpliendo hitos durante sus más de diez años de vida. Se concibió como algo fuera del alcance de las manos y acabó siendo el bebé que meces en tu regazo después de un parto difícil. Fue un proceso larguísimo el que la llevó desde el cálculo de la trayectoria del cometa, pasando por el papel de los ingenieros de la ESA, hasta posarse sobre su superficie. Cálculos y más cálculos. Señales recibidas. Aparatos capaces de estudiar la actividad de un cometa, algo impensable durante muchísima parte de la historia de la astronomía. Todo en busca de alguna pista que nos pudiera decir si esos viajeros del espacio tenían algo que ver con la aparición de vida en la Tierra.

Fotografías de la sonda Rosetta donde se aprecia la ubicación exacta de Philae. [Fotos: ESA]
El cometa 67P/CG describe una trayectoria que, desde su descubrimiento en 1.969, ha permitido controlar su movimiento hasta el punto de poder permitir lanzar una nave (Rosetta) en el año 2.004 desde más de 400 millones de kms, alcanzarlo, ponerla a orbitar sobre él y soltar sobre su superficie en la zona deseada (Agilkia) un robot (Philae) capaz de tomar muestras y enviar los datos a la Rosetta para que ésta los mande de vuelta hasta la sede de la Agencia Espacial Europea. Parece ciencia-ficción, pero los equipos involucrados en  la  misión  se  encargaron  de   convertirlo   en   una    realidad    ilusionante.   Recuerdo 
-emocionado- el día del aterrizaje del módulo Philae sobre la superficie. Recuerdo los 28 minutos que tardaba en confirmarse cada noticia. Recuerdo haber pensado “¡qué grandes somos, joder!”. Recuerdo el abrazo entre el director de vuelo Andrea Accomazzo y el resto del equipo de control tras confirmar la recepción de la señal. Fueron momentos únicos. Irrepetibles. Y ahí estaba yo, mirando la pantalla del ordenador. Sintiéndome afortunado de vivir en el siglo XXI porque soy de los que a lo mejor si hubiera máquina del tiempo viajaba al pasado, pero días como aquel me hacen pensar que llegado el caso, a lo mejor lo correcto sería invertir los datos para viajar al futuro. La misión Rosetta en su conjunto, por cierto, está nombrada con relación a la Historia en el Antiguo Egipto, como ya comenté en su día. 

El viaje de Rosetta y Philae hasta 67P/C-G [Imagen: ESA]
El viaje está siendo fascinante y ya está catalogado entre los más emocionantes de la exploración espacial. El fallo de los arpones de anclaje, los rebotes en la superficie, la posición final, la hibernación, el despertar… Lamentablemente, el pobre robot Philae acabó en una zona demasiado oscura como para alimentar sus baterías y su autonomía se limitó a 57 horas de información. Sin la ubicación exacta, para los científicos era difícil determinar ciertos datos de los que envió, pero este último descubrimiento desde los poco menos de 3 kms. de la superficie en lo que era un sobrevuelo de preparación para estrellar la sonda Rosetta sobre el cometa el próximo 30 de septiembre permite a los científicos valorar y sacar conclusiones como las que a lo largo de estos dos años han ido sacando. Composición, erosión, comportamientos, etc… Sin duda, la misión Rosetta ha tenido un final acorde a lo épico del conjunto. 

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