jueves, 11 de febrero de 2016

La Prima Donna

Los hermanos Herschel formaron un formidable equipo de trabajo.
Esta entrada es la que, después de recibir tan sólo un 2% de los votos en una encuesta twittera, me he visto en la obligación de hacer. Las otras tres opciones sobre quién era mi #WomenInSTEM eran Rosalind Franklin, Marie Curie e Hipatia (sobre la que he publicado “La conCiencia femenina”). Por eso, porque realmente la gente -en general- no sabe quién fue Caroline Lucretia Herschel, me he decidido a escribir esto.

Estamos en la Europa de mediados del siglo XVIII, con la Revolución Francesa en ciernes, Thomas Wright sugiriendo que la Vía Láctea es un complejo sistema de estrellas con forma de espiral donde se encuentra el Sistema Solar, Benjamin Franklin inventando el pararrayos y los reyes de España y Portugal repartiéndose América del Sur.

Caroline nace en Alemania en 1.750, al amparo de una familia acomodada pero estricta en las costumbres de la época, al menos por parte de su madre. Como si una madre machista fuera poco, la buena de Caroline padece durante su infancia los efectos de la viruela y el tifus, a  consecuencia de las cuáles queda marcada físicamente de por vida. Su crecimiento no es el que debiera, y la cara guardará para siempre las cicatrices. Escudándose en su aspecto físico y su mente retrograda, la madre apuesta por que nunca se unirá en matrimonio y le confiere como únicas capacidades para poder ser ama de casa las de leer y escribir, algo que enseña a su hermana también. Su padre, militar y músico, no lo cree así e intenta inculcarle los valores de la Ciencia en la medida de lo posible.

Cuando tenía 12 años, la muerte del padre, único soporte moral, quien le enseñaba música e introducía en la observación del cielo la obliga a prestar dedicación exclusiva al cuidado de sus hermanos (por orden de su madre, claro está). Tiene que pasar una década para que su hermano William -del que posteriormente hablaremos- convenza a su madre de que la muchacha vaya a Inglaterra a vivir con él a Inglaterra, donde su carrera musical como director de orquesta le permite ciertas bondades. Así, Caroline llega al Reino Unido para servir a su hermano, pero con ciertas libertades impensables de haber continuado en Hannover retoma su romance con la música destacando como soprano. 

La convivencia entre ambos hermanos era buena. William comenzaba por aquel entonces a dedicar cada vez más tiempo a la astronomía y el poco tiempo que le sobraba lo empleaba enseñando inglés a su hermana. Ella, paulatinamente, recordando las indicaciones que en su día le mostró su padre, comienza a interesarse por la astronomía, las matemáticas, el álgebra… Conceptos todos impartidos por su hermano. Así, en tándem, van gestando una de esas historias fraternales que permiten avanzar a pasos agigantados.

Jorge III de Inglaterra 
El salto cualitativo llegó en el año 1.781. Tras estar una temporada observando el movimiento de un cuerpo celeste, William no acababa de ver en su telescopio la cola de lo que pensó durante mucho tiempo que era un cometa, por lo que concluyó que se encontraba ante un nuevo planeta. La comunidad astronómica decidió darle el honor de bautizarlo y después de alguna que otra reflexión filosófica argumentó que “la estrella de Jorge” era un nombre digno para honrar a su -actual- rey Jorge III. El rey le nombró Astrónomo Real con un salario de 200 libras al año. Había descubierto Urano. Ese impulso fue suficiente para que ambos abandonasen sus carreras musicales y se dedicaran por completo a la astronomía. Así, ella colaboró en la construcción de los telescopios con su hermano, la planificación de observaciones, cálculos de estrellas de referencia, etc… mientras el realizaba sus publicaciones (con los datos que ella detallaba minuciosamente). Entre los dos descubrieron miles de cúmulos de estrellas, y el 1 de agosto de 1.786 Caroline descubrió lo que bautizaron como “el cometa femenino”. Ese el fue el primero de ocho, y también le sirvió para recibir una asignación de 50 libras anuales con el consiguiente reconocimiento científico y la posibilidad de cierta independencia. Dicho esto, podríamos decir que fue una de las primeras, si no la primera, mujer que cobró algún tipo de emolumento por su labor científica. Su lista de descubrimientos siguió creciendo con galaxias, cúmulos y nebulosas; y, por supuesto, la de reconocimientos: condecoraciones, menciones honoríficas (por veto a las mujeres, todavía), o la medalla de oro de la Royal Astronomical Society (hasta 1.996 no fue concedida a otra mujer).

Caroline falleció a los 97 años, en su Alemania natal donde había vuelto tras la muerte de su hermano. Hoy, tras demostrar al mundo de lo que fue capaz, un cráter en la Luna lleva el nombre de la Prima Donna Astronoma profesional y el asteroide Lucretia lleva su segundo nombre.


Fuente: A hombros de gigantes (RTVE).

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