sábado, 21 de noviembre de 2015

Libertad para morir.

Muchos soñamos con una muerte parecida a una plácida despedida rodeados de los seres queridos cuando nuestro motor se pare por completo. Sea a la edad que sea.

El pasado fin de semana fue uno de esos días de los que pasan los años y te sigues acordando (queriendo o sin querer) de cómo unos pocos, por mucho que digan que son cada vez más, nos quieren arrancar el modo de vida que tanto nos gusta a la mayoría de europeos cualquiera que sea nuestra religión. No olvidemos que los inánimes que detonan esos chalecos explosivos o aprietan el gatillo de los AK47 asesinan cada día cientos de personas de su misma religión. La maquinaria propagandística política que tenemos aquí nos bombardea, a su modo, con el discurso del miedo (a un mes vista de las elecciones, cómo no), con que hay que pensar que todos están en el mismo saco, con que todos los musulmanes son terroristas, pero creo que sería de necios seguir creyendo eso si nos paramos a analizar ejemplos tan esclarecedores como este: cada día los terroristas matan a musulmanes en sus ciudades. La islamofobia es, en realidad, lo que DAESH quiere que germine entre la ignorancia hilarante de Europa para que seamos nosotros solitos los que nos creamos en la necesidad de jugar a su juego y entrar a matar, social o militarmente.


En el otro lado, y aprovechándose de gente convencible, el EI se encarga de mostrar lo que ellos quieren que vean, como los magos, y acaban llevándoselos a Siria. Da igual la edad. Da igual el sexo. Incluso da igual el motivo por el que la mayoría de ellos formen parte de familias desestructuradas y vean en la guerra un juego al que les apetezca jugar. Su interpretación del Corán está descontextualizada y se utiliza para hacer un argumentario del terror, usándola para convencer a esos -y esas- de que lo que hacen es lo que dice el Corán, cuando por todo el mundo hay grupos de estudiosos que precisamente se dedican a eso: que no se desvirtúe el texto sagrado. Porque el fanatismo no tiene cabida.

Es duro, sin embargo, ver que los católicos, o los ateos, o los ortodoxos no podamos campar a nuestras anchas de la misma manera que los musulmanes han campado hasta que estos terroristas han comenzado a matar indiscriminadamente ensuciando su nombre. Decidiendo que sólo ellos, los yihadistas, tienen libertad para morir cuando ellos quieren, aunque sea de una manera tan infame como es llevándose con ellos tantas vidas como puedan. Mezquitas, mercados, hoteles… Entre tanto, las personas que presencian esa barbarie día tras día, han creído obligatorio buscar una parte del mundo en la que puedan campar, si no a sus anchas, al menos a sus “estrechas”. Algo que hace mucho tiempo no pueden hacer en su lugar de residencia. Todo ello patrocinado por cretinos y mafiosos que les cobran un dineral por el “pasaporte”, sin contar con el dineral en tráfico de armas y drogas que gestionan en la zona. O extorsiones del petrodólar, petroeuro o petrorrublo. Llámame tonto, pero dame pan… porque al hambre no hay pan duro.


Cuando escuchas los disparos y los gritos en el interior de la sala no haces más que pensar qué hubieras hecho tú. Nunca lo sabrás, porque no estabas allí. Y, sinceramente, ojalá nunca lo sepamos. Muchos soñamos con una muerte parecida a una plácida despedida rodeados de los seres queridos cuando nuestro motor se pare por completo. Sea a la edad que sea. Y no cuando alguien a quién no conoces de nada le hayan dicho que ha llegado tu hora y ya no eres libre para morir. Porque eres parte de su juego. Tu libertad es su alimento, porque así se lo han enseñado: “cuanto más mates, más orgulloso estará Alá de ti, porque son todos unos infieles”. Probablemente, esos fulanos no tengan ni puta idea de los valores que representa el islam. Ni siquiera se habrán molestado en leer y aprender lo que otros musulmanes que probablemente habrás visto en las redes sociales, se ven obligados a defender: lo que hace DAESH no es islam. Que la integración no pasa por la desintegración. Que sí, que ellos se desintegran, porque creen tener libertad para morir, y lo que es peor: creen que nos la quitan, pero no. Porque por mucho que hagan, a nosotros nos va la fiesta.

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