viernes, 16 de octubre de 2015

Volcán y géiser.

En los albores de la civilización, en el principio, cuando los dioses definían quién cogería el control de cada una las cosas que hay en el mundo, se batían el cobre con seres (también) fantásticos para que no les pisaran el jardín. Titanes, cíclopes, monstruos gigantes, híbridos enormes con superpoderes que requerían la unión de las fuerzas del propio Zeus con el resto de los dioses del Olimpo. Los titanes, por ejemplo, fueron implacablemente enterrados bajo la Tierra, en lo más profundo del Averno. Batallas tan fantásticas que desde hace tiempo Hollywood ha tirado de ellas para el disfrute del personal al que los transformers y los fast-and-furious se les queda corto. Fantasmadas de hace 2.000 años con una base mitológica que recorre cualquier ámbito imaginable de puro imposible que son, a caballo entre la poesía y la metáfora.
Encélado, un gigante de cien brazos.

Una de las consecuencias de la derrota de los titanes y posterior entierro en el lúgubre Tártaro fue el engendro de gigantes con aspecto deslavajado de cuyas piernas brotaban serpientes. Hay quien dice que manaron de la sangre de Urano al ser castrado por el dios Cronos. Otros afirman que fueron fruto de la unión de Gea con el Tártaro, precisamente para vengar ese entierro de los titanes, y que para ello los envío a Palene (Tracia), a iniciar una de aquellas batallas enfrentándoles en las faldas del monte Olimpo a pesar de la prohibición de Júpiter, lanzando rocas y ramas encendidas a los dioses. La batalla se convirtió en guerra, y duró diez años. Apolo se encargó de Afialtes, Hefesto enterró bajo el Vesuvio a Mimas, y Poseidón lanzó parte de la isla de Cos sobre Polibotes, fruto de lo cuál surgió la isla de Nisiro. De entre todos ellos, uno huía cuando la diosa Atenea le arrojó Sicilia le dejó enterrado bajo ella. Era Encélado. Se trataba de un gigante de cien brazos de origen igual de incierto que su final. Cuenta la leyenda que las erupciones del Etna son producto del roce de la espalda del gigante contra el subsuelo.

William Herschel, descubridor
entre otros cuerpos celestes,
de Encélado.
Como si fuera algo premonitorio, a mediados del siglo XIX, John Herschel propuso ese nombre: Encélado, para el cuerpo celeste que su propio padre había descubierto en 1.789 (para ubicarnos, el año de la Revolución Francesa). Por aquel entonces el satélite no era más que un punto identificable en el telescopio de los astrónomos de la época. Sin embargo, una vez más, los avances exponenciales en materia tecnológica y el afán descubridor del ser humano hicieron que en los años 70 la @NASA concibiera la misión Voyager, en la que dos sondas (que a día de hoy se encuentran a miles de millones de kilómetros de la Tierra) serían enviadas al espacio profundo. No me extenderé en los detalles de la misión, pero lo cierto es que, en su camino, una de esas sondas pasó relativamente cerca de él en agosto de 1.981 y obtuvo imágenes de alta resolución -de la época- de la superficie de la luna. Pues bien, pasados los años, y basándose en los datos obtenidos por la Voyager 2 a su paso por el sistema de Saturno, la NASA en cooperación con la ESA y la Agencia Espacial Italiana lanzaron la nave Cassini con su sonda Huygens el 15 de octubre de 1.997.


Los géiseres del polo sur.Foto: NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute
Desde entonces hasta hoy, la Cassini ha ido aportando a los científicos montones de datos sobre todos los integrantes de la familia del gran planeta anillado. Un conjunto precioso y enorme del que sus cercanas imágenes nos han dejado boquiabiertos más de una vez. Además, las características de Encélado hicieron que pronto se pusiera el foco sobre él. La confirmación de un leve campo electromagnético y la existencia de atmósfera reafirmaron en el año 2.005 la posibilidad de un océano bajo su helada superficie. Todas esas incertidumbres han sido despejadas por la sonda a golpe de fotografías. Los géiseres de su región polar sur nos fascinaron, pero lo de esta semana ha sido una auténtica barbaridad. El acercamiento a menos de 2.000 kms. de la superficie de la región polar norte nos ha proporcionado fotos espectaculares donde las haya, a pesar de que la resolución de las imágenes de Plutón y Caronte ya nos han ido acostumbrando a ese detalle. Por todas ellas, lo único que puedo hacer como aficionado a todo lo que huela a espacio, planetas y estrellas es agradecer a la Nasa, la Esa y el resto de asociaciones astronómicas que sigan queriendo mostrar buscando, y buscar mostrando. 
Detalle de la superficie helada de Encélado.Foto: NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute

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