sábado, 6 de junio de 2015

Olot-omas, olot dejas.


N. del A.: Los datos de los primeros párrafos los he encontrado en este genial extracto del libro #ElPeligroDeCreer de @lagamez en @gizmodoES:
Año 1795. Revolución Industrial. Las madres ven como sus hijos mueren de enfermedades comunes sin poder hacer nada por evitarlo. Es justo un año antes de que Edward Jenner vacunara por primera vez a un niño contra la viruela. Si le dijeran que siglos después habría imbéciles que creen que la vacunación es un problema más que una solución, probablemente se hubiera acariciado el mentón y recolocado la chistera antes de soltar una sonora carcajada.
Año 1998. El Dr. Andrew Wakefield y su equipo de investigación en el Reino Unido aseguran que existe relación entre el autismo y la vacuna triple vírica más allá de la mera coincidencia entre la aparición de los síntomas de la enfermedad y la edad de administración de la vacuna… tras haber estudiado a sólo 12 (doce) niños autistas. Los medios de comunicación lo identifican como noticia de alcance, y lo muestran provocando una ola de pánico y des-vacunación en el país que acaba cruzando el charco cuando tras varios años de divagaciones y desafecciones sobre aquel estudio, muchos de los firmantes renunciaron tras ver el revuelo causado. Incluso la propia revista The Lancet borró el fichero de su archivo. En el fondo de todo, intereses económicos con tratamientos para una enfermedad inventada por Wakefield y con los que esperaba forrarse.
Año 2011. Estados Unidos. La Ciencia avanza y desmonta cualquier atisbo de duda sobre la necesidad de una sociedad vacunada. Sin embargo, famosos estadounidenses y gilipollas (que los hay, como en España) se empeñan en creer que la antivacunación es una buena manera de que tu hijo no sea autista, y que las farmacéuticas dejen de bañarse en dólares. Entre ellos, Jim Carrey y su entonces novia, Jenny McCarthy (conejita Playboy, a la sazón), con la ayuda de la gran Oprah. La televisión norteamericana hace retroceder al país a tiempos pasados donde aparecen brotes de enfermedades casi erradicadas en los países desarrollados. Por ejemplo, en Utah, uno de sarampión (que te puede incluso matar) cuya mayoría de infectados eran no-vacunados.
Año 2011 (también). Australia. De la misma manera que en USA la sociedad iba para atrás, nuestros antípodas avanzan en materia fiscal cuando comprueban alarmantes cifras de no-vacunados y toman una decisión: no será obligatorio vacunar a tus niños, pero los padres que no hagáis, pagaréis más impuestos. ¿Por qué? Porque estás poniendo en riesgo a tu hijo (a largo plazo) y al resto de la población de manera totalmente gratuita, porque a ti te da la gana, por lo tanto, debes contribuir con tu dinero a los gastos derivados de la atención sanitaria en caso de que ocurra algo.
Año 2015. Febrero. Estados Unidos (otra vez). Un brote de sarampión surgido en Disneyland hace saltar de nuevo las alarmas en un país donde según datos de la OMS hay menos población vacunada contra el sarampión que, por ejemplo, en Tanzania. Tú piensas que los yankees son estúpidos y que parece mentira que entre 300 millones de personas haya gente tan idiota como para no creer que lo que realmente importa es lo que se demuestra, y no lo que se quiere demostrar (léase: la pseudociencia o la religión). Que el viaje en el tiempo al siglo XVIII no sea más que una nueva performance en ese parque de atracciones y que en realidad no es más que algo controlable, aunque no puedes dejar de imaginar qué pasaría si esa ignorancia latente viajase por los cables transoceánicos que comunican ambos continentes desarrollados, poblados de gente subdesarrollada no precisamente por las vacunas. 
Año 2015. Junio. Olot (España). Un niño de 6 años tiene que ser ingresado de gravedad tras diagnosticársele difteria (vaya un fuerte aplauso para los profesionales por haber identificado una enfermedad que hacía 30 años que no se veía por estas latitudes) porque sus padres -según dicen ahora- fueron convencidos/engañados por los anti-vacunas para no pinchar al crío cuando le correspondía. Tenemos dos opciones. La primera es creer que son buena gente… como ellos creyeron que los anti-vacunas lo eran cuando les convencieron. La segunda es fiarnos de la experiencia y llamarles ignorantes, egoístas o simplemente idiotas por pensar que su hijo no vacunado viviendo dentro de una sociedad vacunada es más difícil que contraiga enfermedades que apenas nos “molestan” hoy en día como por ejemplo la difteria. Yo me quedo con la segunda. ¿No querías taza? Pues toma: taza y media. Remover Roma con Santiago -y con Moscú- para conseguir que, con suerte, se cure con la dosis que le han mandado casi desde los Urales, con los gastos que todo ese despliegue conlleva.
Jamás pensé que podríamos estar más lejos de lo que estamos físicamente de Australia, pero ha quedado demostrado que nos sacan un buen trecho en determinación ante actos criminales como la irresponsabilidad de no vacunar a nuestros pequeños para que el resto de la sociedad no sufra las consecuencias.

Así es España… Olot-omas, olot dejas.

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