sábado, 23 de mayo de 2015

Jornada de genuflexión

¿No es cierto, ángel de amor, que en apartada orilla más pura la Luna brilla, y se respira mejor?
Todos sabemos que Don Juan, follador de discoteca, trataba de convencer a Doña Inés con palabras bien sonantes tan bonitas como esas, pero al final, el objetivo era el mismo que el de cualquier caballero sea cual sea la época de la que hablemos. Disfrazar el éxtasis con falsas promesas es muy viejo. Digamos que sólo han seguido por esa línea los argentinos y los italianos, desarrollando un estilo propio con el paso de los años, eso sí. (Supongo que algunas de las mujeres que lean esto estarán de acuerdo en eso).
La jornada de reflexión de cualquier Doña Inés que se haga la dura antes de dar su regazo a torcer es también algo registrado desde tiempos muy lejanos. No obstante, sí que es verdad que la relación entre el quién y el cuándo estaba muy bien calculada a la hora de aceptar, o no, aquellos envites. Es por eso que hoy, viernes, debería bautizarse como la Jornada de Genuflexión porque a sabiendas de que mañana no es posible siquiera insinuar un acercamiento al objetivo, es lógico quemar todas las naves hincando la rodilla y haciendo la reverencia para ver si así los donjuanes políticos pescan algo el domingo. Sin embargo, no es menos cierto que todas las doñaineses están ya hartas de románticos profilácticos que lo único que esperan es una cita al alba del domingo donde purgar el mayor de sus pecados: la lujuria colectiva en la que se sumergen al caer el sol, o la peor de las envidias por no conseguir lo que querían.
El orgullo se valora demasiado en los tiempos que corren. Aún así, los hay que todavía se jactan de no buscar votos. Son los más guapos del baile. Los sempiternos vampiros. Gente capaz de asaltar las viviendas de las doñaineses que enclaustradas resisten el paso del tiempo y no ven más allá de lo que les piden ver. Están contentas así. Sumisas. ¿Para que cambiar? Llevan lloviendo malas noticias demasiado tiempo, pero ellas no lo saben. Mueren poco a poco. Ahogadas en su soledad. Pero no quieren escuchar a nadie más. Su Don Juan es suyo, y que no se lo toquen. Por eso, por todas esas personas que caminan en la senda del cambio, debemos agudizar el mensaje para que al menos en la saciedad de palabras bien sonantes se presenten también como hermosas alegrías que todos esperamos. Debemos argentinizarnos, incluso italianizarnos. Algo que de puro pesado, acabe obteniendo la flor que Doña Inés se resiste a entregar de buenas a primeras.
La genuflexión de este viernes debe enfocarse a la inflexión del domingo. Apartar a esos donjuanes de buen verso para que de una vez por todas el verbo acentuado resulte en un domingo de resurrección de la democracia, que lleva cubierta de mierda hasta la cintura desde hace unos cuantos años. Un escenario en el que los protagonistas deseen que pase lo que pone en el guión, pero que a la vez asuman la obligatoriedad de respetar al malo de la función. Demasiadas cosas, quizá. Pero necesarias. La Doña Inés que escribe estas líneas ha decidido escuchar al argentino. Cambiar de dirección. Una trayectoria nueva, como las de cada cornada que recibimos cada día en forma de noticia en ElDiario.es, publico.es, elconfidencial.com. Eso es lo que quiero, que ya que me cornean, por lo menos verlo venir y que luego no me digan que no han sido ellos.
Ojalá un bofetón bien gordo el domingo a todos esos donjuanes que afean la convivencia. Cuando vayas a votar, piensa en todas esas portadas con auténticas diarreas de dinero público que nos han levantado en nuestra puta cara. No les des el gustazo de sonreír porque hayan vuelto a ganar.

Alea est non jacta.

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