jueves, 9 de abril de 2015

Deshacer castillos en el aire.

Las compañías (matriz y filial) siguen
de luto tras el siniestro
Han pasado dos semanas y se sigue dando vueltas a lo más reseñable de la tragedia de los Alpes: el copiloto… con todo el mundo dando lecciones en las RRSS sobre psiquiatría después de haberlas dado de aeronáutica. Si cobrasen por cada opinión que tuiteamos sin tener ni idea de lo que hablamos, otro gallo cantaría. Estamos en el siglo de la Información, pero se nos está olvidando que el nivel de desinformación es directamente proporcional. El verdadero sentir de los periodistas viendo eso tiene que ser una mezcla de “¿para qué cojones he ido yo a la facultad?” y “¿a qué facultad fueron todos esos?” - de la misma manera que habrá quién piense que a ver por qué algunos escribimos sin ser licenciados -. Lo cierto es que nos ha tocado esta realidad y no podemos hacer nada que nos abstraiga de ella sin que nuestro entorno nos tache de tarados.
Así las cosas, se necesita un poquitín más que un smartphone para poder decir que “el sistema de selección de pilotos ha quedado retratado” o “¿no deberían centrarse más en lo psicológico que en lo físico?”. Concretamente, se necesitan dos dedos de frente. Y digo esto porque las dos suposiciones que he puesto como ejemplo las hizo una periodista con aproximadamente 25 años de experiencia. Por supuesto que se puede opinar, pero de ahí a cuestionar el detalle de un proceso de selección masticado durante décadas por los mejores técnicos del mundo, va un trecho. Ahí está el matiz: puede no gustarte, pero no lo cuestiones porque no tienes ni pajolera idea de porqué y para qué se hacen las preguntas en los tests, y no digamos ya de qué “peso” tienen en la evaluación de los doctores. Mi admiración para el piloto de avión que recibió esas dos perlas a pecho descubierto en una tertulia en directo y no sólo aguantó sin marcharse, sino que las toreó como pudo. Sí que es cierto que los periodistas de marcada derecha tienen ese aire de grandeza cuando les da por disertar delante de una cámara, cuando les bailan el agua los tertulianos que llevan, cuando creen que el programa que dirigen es lo que es por ellos y no por el equipo que les rodea, cuando tantas y tantas cosas que afortunadamente estamos dejando de ver todo lo a menudo que les gustaría. Espero que no me echen en cara reprobar esa falta de humildad que desprenden sin quererlo por llevar la mochila llena de entrevistas a personajes insignes de otro tiempo (y de este).

Lo cierto es que en estas dos semanas tragiquérrimas para las familias afectadas (incluida la del Sr. Lubitz) he leído y visto de todo. Indemnizaciones, privacidades, seguros, cajas negras, puertas bloqueadas, perfiles psicopáticos, etc… pero en lo que explícitamente se refiere a Lubitz, no doy crédito. Lo último, en El Mundo y con fuentes policiales, que el copiloto podría haber usado laxantes para que el piloto se viera obligado a salir de la cabina. Lo penúltimo, en un blog, que en realidad fue un accidente, que el avión ya bajaba cuando se quedó solo, que es imposible saber si estaba sólo, y mucho menos oír la respiración y que no lo veremos en las teles ni los periódicos, pero Andreas es una cabeza de turco de un sistema que hace lo posible para que la aerolínea no cierre y el juez no tenga demasiado trabajo a la hora de decidir “¿cómo?¿cuándo? y ¿por qué?”. Nos queda mucho camino por recorrer para que la vilipendiada transparencia del fiscal en las horas posteriores al suceso tenga un calado social lo suficientemente fiable como para no exista la duda. Un dato. Una evidencia. Algo que tenga los cojones suficientes como para hacernos no-creer en la desinformación -por sumisión o supresión periodística- de la que hablaba en el primer párrafo. Sinceramente, para el informado de a pie, es difícil formar una opinión con un universo tan grande de artículos, opiniones y vestigios de ideologías que adoran el sistema o lo desprestigian de manera flagrante con un único perjudicado: el propio sujeto informado. No puedo dejar de pensar en que la responsabilidad de informar sobre una tragedia de este calibre es igual de grande que la responsabilidad de juzgar oficialmente “¿qué pasó?” o la de ocultar información relevante a la audiencia por el hecho de no coaccionar al gran público sobre lo que fue o lo que pudo ser.

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