sábado, 8 de noviembre de 2014

Desencantos de sirenas.


La falsa calma se asoma
donde uno menos lo espera,
y en función de la cabeza,
revienta una puerta, sola.

Al fragor de la batalla,
la razón se tambalea,
pero el seso es quien jalea
al sexo cual a cobaya.

Lucha burda y sin cuartel.
Rebuscando entre neuronas,
la sirena desentona
para ver si cae aquel.

Cuando todo está perdido,
aunque parezca no estarlo,
hace sangre en el hartazgo
sin pensar en el herido.
Las sirenas. Seres fantásticos de belleza humana exuberante y olor a pescadería rancia, que acompañan al hombre desde antes de que intentasen engañar a Ulises en su Odisea. Unos cantos entre la inmensidad del océano. La sublime tonadilla, a veces estridente, que hace buscar con la mirada entre la nada. Que paren ya. No tiene gracia. Sin embargo, martillean tu cabeza. Las notas serpentean entre los pliegues de tu córtex como si de una canción de Pitbull se tratara hasta que encuentran esa rendija que una mala borrachera dejó sin sellar. Ya han entrado. Están en tu cerebro. Encriptan tus sinapsis. Te dicen qué tienes que hacer. Qué es lo correcto. Y todo porque te han aguantado el envite. Ulises ordenó que le atasen al mástil de la embarcación y taponó los oídos de su tripulación con cera para minimizar los riesgos, incluso ordenó a sus hombres apretar aún más las cuerdas que le ceñían si pedía que le liberaran. Tú pensabas que eso a ti nunca te pasaría, pero lo cierto es que has caído como los famosos en las galas de “Inocente, inocente”. El canto de las sirenas no se puede subestimar: tiene miles de años de experiencia. 
Como en el “tú la llevas”, hay sambenitos de los que intentas en vano deshacerte pensando que si pasa el tiempo, ya nadie se acordará. Rajoy sabe un rato de eso… Sin embargo, eso sólo pasa en casa de los Pujol-Ferrusola como bien predijo la ex-honorable señora. La cera que se debía haber empleado para taponar los oídos de la masa borreguil que no acierta a mirar más allá de sus narices, se ha empleado para hacer cirios tan altos como el dossier del caso Bárcenas, o el de los ERES en Andalucía, entre tantos y tantos otros. Todo se tambalea. La cabeza dice basta, pero el corazón va a velocidad de crucero, como el de Monago y Olga María. El crucero, digo. A pesar de los pesares, espalda recta y cabeza alta. “Que para algo somos el PP”. Para tristes ya están la Pantoja y la Zaldívar. Mismo tema, diferente escenario. El amor. El dinero. La mafia. Confundir lo público con lo púnico. O la santidad con la cantidad. Errores de fondo y forma… Algún día haré un listado que publicaré con todos los buceos de hemeroteca que permitan ver desde la distancia cómo ya nada nos asusta. Tenemos a las sirenas sibilando en nuestro interior desactivando la voluntariedad necesaria para arrancar de cuajo a todo ese batallón de concejales, secretarios, alcaldes, empresarios, Nicolases, diputados, imputados, presidentes de comunidad (autónoma), obispos decrépitos, y todos sus consortes -sean hombre, mujer o niños- que puestos en fila india cubrirían sin problemas la distancia que hay entre las calles Génova y Ferraz. Una (paradojicamente) desfachatez de proporciones bíblicas que nos aboca a un estrepitoso fracaso ineludible esté quién esté en el poder. Ni siquiera los mayores exponentes de la cultura contemporánea en el Gobierno serían capaces de sacar esto adelante en menos de dos generaciones. Me refiero a los más cool de MYHYV, Sálvame o Gran Hermano. Ni siquiera ellos serían capaces de gestionar esto de manera insobornable. 

El canto de las sirenas te ganó. Te invadió por aquella rendija… ¿y si fuera un desencanto? Ahí lo dejo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario