s√°bado, 25 de octubre de 2014

El objetivo: el Objetivismo.

Estrategas de la historia tomaron decisiones en un momento y en un lugar marcando la dirección del destino de sus fieles. Desde Temístocles en la mayor batalla naval de la Historia en Salamina, hasta Napoleón en la adversidad climática de Prusia, pasando por Alejandro Magno en medio mundo. Aciertos, o errores. Su balanza de justicia no aplicaba otra esencia que la intuición o incluso la santería, más lejos en la Historia. Supersticiones en el tiempo que recreaban los desastres por venir o las glorias por celebrar. Todo eso era registrado por auténticos arquitectos de leyendas o simples narradores: los historiógrafos. Amenhotep, Jenofonte, Heródoto, Flavio Josefo, y un interminable etcétera describían cada uno con su estilo las referencias que les dictaban cuando ellos no podían vivir en primera persona el noble arte de la guerra o simplemente la vida cotidiana de su sociedad.
Con el paso del tiempo, la trascendencia de los hechos segu√≠a siendo la misma que en los inicios de las contiendas, pero la notoriedad del informante carec√≠a de protagonismo. Una vida tan entregada a la causa como imperdonablemente olvidada. Es por eso por lo que los habitantes del p√ļblico general s√≥lo somos capaces de recordar el nombre de los grandes historiadores griegos, los escribas egipcios o si acaso alg√ļn bi√≥grafo o fil√≥sofo -“invitado” por la ense√Īanza de bachillerato-. La quintaesencia de tal o cual escribiente se diluy√≥ con la oscuridad b√°rbara de la Edad Oscura. S√≥lo las t√≠midas aportaciones de los juglares del medievo consegu√≠an arrojar algo de luz a la vida y obras de caballeros o reyes de la √©poca. Pero no fue hasta el Renacimiento cuando de nuevo se pretend√≠an contar las cosas teniendo en cuenta la fuente de la que manaban. El Renacimiento era precisamente eso. “Volvamos al pasado, que parece que todo iba mejor que hace unos siglos”. El peso de la Historia cae entonces -mayoritariamente- sobre los monjes, que acu√Īaban en sus escrituras las diferentes vivencias siempre sesgadas por la doctrina de su Dios. Apenas Bartolom√© de las Casas fue capaz de relatar lo que realmente pasaba en las Indias desde un objetivo punto de vista que le caus√≥ serios problemas con sus contempor√°neos, hasta tal punto que hoy se le considera un precursor de lo que todos conocemos derechos humanos. El paso del tiempo fue dando cabida a relatos m√°s fieles a los hechos, toda vez que no siempre el perejil de la Iglesia estaba metida en todas las salsas. 
El pensamiento del hombre estaba ya para entonces demasiado marcado por la desigualdad social. Mucho pobre con pocos privilegios, y poco rico con muchos. Mujeres y hombres contra los ricos y viceversa. La √ļnica diferencia con las sociedades feudales era el paso adelante de campesinos y gente de bien y no tan bien, que comenzaban a crear ciudades, donde ten√≠an cabida gracias a la aparici√≥n de nuevos oficios y maestrazgos que, sin olvidar su origen humilde, les permit√≠an vivir all√≠ sin el cargante yugo de los nobles a los que sus tatarabuelos hab√≠an servido por nacer en el lado equivocado de la balanza. En la c√ļspide de ese cambio: Francia. La convulsi√≥n sociopol√≠tica del XVIII vino derivada por la enorme deuda p√ļblica. As√≠, el rey Luis XVI se vio obligado a convocar en asamblea a un cuerpo de representantes nacionales cuyo precedente se remontaba dos siglos atr√°s: los Estados Generales.
A continuaci√≥n, pongo sobre la mesa todas las cartas boca arriba, pero antes de eso ¿usted con qu√© ideolog√≠a se identifica?¿Izquierdas?¿Derechas?… Lea de d√≥nde y por qu√© proviene esa denominaci√≥n: la Asamblea constaba de 300 representantes del Primer Estado, 300 del Segundo Estado y 600 del Tercer Estado. P√≥ngase estimado lector en la piel de Sandro Rey e intente descifrar qu√© estamento se corresponde con los Primer, Segundo y Tercer estados. Si cree que el primero era la nobleza, se equivoca. Por debajo del rey estaba el clero, antes incluso que la nobleza. Por eliminaci√≥n, habr√° deducido que los comunes eran el √ļltimo de la fila. Cuando la asamblea se reuni√≥ en Versalles, prevalec√≠a la costumbre de situar a los invitados de honor a la derecha del anfitri√≥n, cuyo verdadero origen es el famoso “sentado a la derecha de Dios Padre”. Por eso, la nobleza y el clero se sentaban a la derecha del rey y los comunes a su izquierda. Ahora ya tiene usted el por qu√© de la definici√≥n. Si est√° leyendo esto, probablemente sea de izquierdas… pero si no fuera as√≠, me pregunto cu√°nto deber√≠a trepar en su √°rbol geneal√≥gico para encontrar los antepasados que se sentaban a la derecha. A lo mejor no existen, y su ideolog√≠a solamente est√° definida por lo que le han contado desde su m√°s tierna infancia y que ha cre√≠do a pies juntillas porque la curiosidad haya pasado por delante de usted como el AVE por Puertollano. Si se cree de derechas, a lo mejor pertenece a esa parte del pueblo llano que el clero ha atra√≠do hacia el banco derechudo a fuerza de mentiras, muerte, destrucci√≥n e imposici√≥n durante siglos. Tanto en el √°mbito humano como en el corresponsal. La derecha, amigo, llevaba ah√≠ sentada mucho tiempo. Y cre√≠a que pod√≠a seguir estando por “lo bien” que lo hicieron sus predecesores. Sin embargo, la revoluci√≥n que tuvo lugar en Francia hizo que muchos comunes perdieran el miedo y se reubicasen buscando su sitio en la parte izquierda del hemiciclo. Entre todos esos que se cambiaron de bando volviendo a ser librepensadores de izquierdas, estaban y est√°n hoy tambi√©n algunos de los periodistas cuyo sentido de la lealtad ideol√≥gica se ve mermado por la posibilidad de no encontrar un puesto de trabajo en el que demostrar que los que manipulan la informaci√≥n y el poder son los otros, los de derechas. Y que si los de izquierdas lo hacen, es para amortiguar los golpes en la contienda. El periodismo de campo es el mayor arma que tiene el pueblo a su disposici√≥n para que la injusticia social no prevalezca. Para eso naci√≥. No para desvirtuarse servilmente a ojos de los que manden, da igual el siglo que sea.

Para finalizar, y despu√©s de esa reflexi√≥n sobre la propia ubicaci√≥n del lector se me ocurren un par de preguntas: ¿cu√°nto tienen que trepar en el √°rbol todos los periodistas de derechas de esta pandereta de pa√≠s? y ¿d√≥nde se sentar√≠an los grandes histori√≥grafos a qui√©n seguramente esos tengan en sus librer√≠as?… La respuesta a la primera no la s√©, la respuesta a la segunda s√≠: probablemente se sentar√≠an en alguna atalaya desde la que observar como la especie va consumiendo poco a poco el objetivismo. 

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