viernes, 12 de septiembre de 2014

Emilio, apareció el Botín.


Cuando entras en el mundo de la penumbra resplandeciente, la más ínfima de las turbulencias te parece catastrófica. La ves venir, pero es como una torta en la cara. Es como “joder, otra hostia más ¿cuántas me quedan por venir?” Indefectiblemente, al revés ocurre la inversa. Cuando has levitado sobre todo desde hace mucho tiempo, da igual que el mundo tiemble a tus pies, que tú ni te inmutas. No te resientes. Ni siquiera percibes el huracán provocado por la mariposa. Ninguna de las dos realidades deberían ser concebibles, porque todos aspiramos a una vida plena y gozosa (que sea para todos igual) y sin embargo, es precisamente esa realidad que pretendemos la que no existe. Una lástima. Los distanciamientos temerarios y temidos entre ricos y pobres nos hacen recordar que nada es fácil. Incluso ni siquiera ser rico es fácil, se quejan los que lo son. A lo mejor es el stress que provoca esconder constantemente el origen de tu fortuna. Pero ser pobre es mucho más difícil, y eso es lo que ellos no ven. Eso sólo lo vemos los que estamos a medio camino entre papá y mamá, entre la navaja de Ockham y la navaja suiza, ejem… Los que decimos acomodadamente “lo que yo haría con el dinero de Fulano” y a la vez vemos que la amenaza de la exclusión nos rodea, y decimos “jo, cariño, qué mal lo tienen que estar pasando Mengano y Zutana”… ¿Es ese el lugar que nos merecemos? Seguramente no. Pero es probable que mientras sepamos cómo buscarnos las habichuelas, nos importe más bien poco lo que les pase a Fulano, a Mengano y a Zutana. Tú suspiras por ser rico. Y sabes que nunca te harás rico siendo asalariado, sin embargo, te parece un lujo serlo… porque mira Mengano y Zutana. Son paradojas sociales de hoy en día. El clásico “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”. Mientras tanto pasa el tiempo. Y, también paradójicamente, tu odio hacia el objetivo aumenta, porque cada vez te identificas más con Mengano y Zutana.
Si algo me está quedando claro en esta crisis es la eliminación del gris. Se acabó. Game Over. Ya todo es blanco o negro. La Innombrable causante de todos los males hace enaltecer los sentimientos. Esos sentimientos intrincadamente espeluznantes que la psique mantenía hasta hace poco a raya, y cuyos masturbadores no permitían vislumbrar desde fuera. Les “tocaban” un poco de vez en cuando y se mantenían tapados bajo el córtex. Latentes, pero tapados. Hoy eso se acabó. Todo el mundo elige un bando, para todo. El Alcampo o el ultramarinos del barrio, Messi o Cristiano, Sanidad pública o privada, cerveza o kalimotxo, el Sálvame o los documentales de La2, Israel o Palestina, carne o “pescao”, USA o EI, etc… Como si de un nuevo mandamiento social se tratara: “Elegirás un bando y lo defenderás hasta el fin”. Porque los masturbadores han muerto en el camino. Hoy en día se critica todo y a todos, porque el poder que ha adquirido la prensa permite coaccionar hasta el infinito y más allá. Crean expectativas basadas en humo, cigarrillos sin filtro que nos fumamos y luego pasa lo que pasa. Según cómo lo mires, o en qué bando estés, te asomas al abismo del caos que pintan las televisiones antigubernamentales o te meces en el jolgorio de las tergiversadoras de datos para que el gobierno no salga tan mal parado. De ti depende. Es así, y lo sabes (que diría Julio Iglesias). Yo tengo suerte, porque nunca he tenido término medio y les saco unos cuántos años de ventaja a los que de repente se han visto abocados a elegir sistemáticamente para todo.

Para los que estamos en mi bando, no existe vuelta atrás. Necesitábamos un haz de luz arrojada sin florituras con datos reales. Los datos reales son indiscutibles. Los datos reales no dejan lugar a la duda. Y las evaluaciones de ellos son unívocas. Evidencias objetivas que refrendan o desmienten las opiniones. Y ante la opinión de que Fulano Botín ha conseguido poner al Banco Santander en el mapamundi, no podemos decir que no. Pero también es cierto que el precio de sus datos de ascenso lo estamos pagando todos los que nos tapamos bajo el paraguas agujereado de la piel de toro, ante la lluvia de mierda -de águila y gaviota- que nos está cayendo porque su política de gestión ha sido gestionar la política, precisamente. Su empatía con cualesquier partido político en el poder da para un par de cafés. Dicho eso, vemos que los datos proponen una redigestión por parte del Gobierno (que estoy seguro que ven, pero no pueden publicar por vergüenza torera), para poder parchear el paraguas y que el lugar al que Fulano Botín arrastró el mercado de valores y bancario en el país tome algo de aire. Por favor. Lo necesitamos. La de la guadaña le visitó a una edad más que generosa. No diré que me da pena, porque mentiría. Es más, estaría bien otro paseíllo de la Doña para ver si limpiábamos esta pocilga en la que vivimos de algún que otro cerdo macho-alfa de los que pululan por ahí. A fin de cuentas, en el momento justo de su muerte, él seguro que no se acordó de lo que ha hecho siendo rico, sino de lo que hacía en su pueblo siendo un niño. Cuando no era ni la sombra de lo que llegó a ser, pero era feliz. No como Mengano Pujol y Zutana Ferrusola, que de ricos que son, son pobres. Se han pasado este mundo, su Need for Speed particular. Ahora que les han pillado con la versión pirata, tienen tiempo de explicar todos los trucos. La dignidad con la que acojamos los tortazos es lo que diferencia a los pobres de dinero de los pobres de alma. Los que nunca hemos sobrevolado la realidad, ya llevamos eso andado.

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